Capítulo I — La Primera Llama
Shalem dormía con los ojos abiertos.
Desde las torres antiguas hasta los mercados vacíos, algo invisible había comenzado a alterar la percepción de las almas. Los ancianos olvidaban conversaciones enteras. Los niños despertaban llorando sin recordar sus sueños. Algunos juraban haber vivido el mismo día dos veces.
Otros… aseguraban escuchar pasos dentro de sus pensamientos.
La Ima de Sha’hariel lo llamó:
“La Enfermedad de las Horas Rotas.”
Pero los antiguos escritos tenían otro nombre.
Los Devoradores de Percepción.
No destruían cuerpos.
Destruían la manera en que el alma comprendía la realidad.
Y mientras Shalem caía lentamente en aquella niebla espiritual, Sha’hariel caminó sola hacia las ruinas del observatorio sagrado.
Vestía su túnica oscura ceremonial.
Negro profundo como cielo sin estrellas.
Bordes de cobre antiguo.
Símbolos hebreos casi invisibles tejidos entre las telas.
El Maguén David marcado sobre su brazo brillaba tenuemente bajo la lluvia.
El viento parecía evitar tocarla.
La ciudad detrás de ella permanecía inmóvil.
Silenciosa.
Como si el tiempo hubiese dejado de respirar.
Entonces ocurrió.
Una vibración.
No en la tierra.
En el aire.
Las piedras del observatorio comenzaron a temblar lentamente mientras antiguas letras hebreas aparecían sobre las columnas destruidas.
Letras vivas.
No estaban escritas.
Se estaban formando.
Una tras otra.
Como si el universo estuviera recordando algo prohibido.
והו
Las tres letras flotaron frente a Sha’hariel envueltas en fuego azul oscuro.
Y el grimorio despertó.
Las cadenas del libro comenzaron a abrirse lentamente.
El sonido del metal resonó por todo el observatorio como un eco venido de otro tiempo.
Entonces el cielo se agrietó.
No físicamente.
Espiritualmente.
Y una voz atravesó el silencio.
No hablaba con palabras.
Hablaba con memoria.
Sha’hariel extendió la mano hacia el libro.
En el instante en que sus dedos tocaron la cubierta negra del grimorio, las páginas comenzaron a moverse solas.
Miles de letras hebreas giraron alrededor de ella como constelaciones encendidas.
Y entonces las vio.
Puertas.
Incontables puertas suspendidas dentro de la oscuridad.
Algunas conducían a recuerdos olvidados.
Otras a futuros todavía no nacidos.
Pero detrás de ciertas puertas…
había algo observando.
Y por primera vez desde la caída de Shalem, Sha’hariel comprendió la verdad:
Las 72 Llamas no eran poder.
Eran conciencia.
Y algo, desde hacía siglos, estaba intentando devorarla.

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