1 de septiembre.
Hay fechas que no pertenecen solamente al calendario.
Hay fechas que cargan memoria.
En 1939, Europa abrió una de las puertas más negras de su historia. Después vendrían los guetos, los trenes, los campos y la maquinaria de exterminio de la Shoá.
La Sitra Ajra —el Otro Lado— no siempre se presenta con colmillos. A veces llega disfrazada de propaganda, de indiferencia, de mentira. Primero convierte al otro en “enemigo”; después intenta convertir su existencia en un crimen.
Pero frente a ella se levanta Gevurá: el límite que no permite que el mal sea normalizado.
Se levanta Tiferet: la verdad que conserva la dignidad incluso después de haber atravesado el abismo.
Y se levanta Netzaj: la eternidad que dice al verdugo, una y otra vez:
No nos borraste.
La judeofobia no murió en 1945. Cambia de palabras, de rostros y de consignas. Por eso recordar no es vivir en el pasado.
Recordar es vigilar la puerta.
Zajor.
Recuerda a los muertos.
Recuerda a los sobrevivientes.
Recuerda lo que ocurre cuando el odio encuentra permiso para convertirse en sistema.
Porque mientras exista memoria, la Sitra Ajra podrá intentar apagar la luz.
Pero no tendrá la última palabra.

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