Capítulo III
La Guerra de las Puertas
La batalla comenzó en silencio.
Porque las guerras espirituales nunca empiezan con espadas.
Empiezan cuando alguien decide dejar de obedecer la mentira.
Las calles de Shalem se llenaron de sombras humanas deformadas por la Sitra Ajra.
Algunos conservaban rostros hermosos, palabras suaves y sonrisas amables… pero detrás de sus ojos habitaban pozos negros.
Los malakim descendieron como tormentas de fuego.
Mijael abrió círculos de luz sobre las murallas.
Gabriel hizo sonar el estruendo de los cielos.
Uriel levantó columnas ígneas desde el suelo.
Y Raziel escribió letras ardientes sobre el aire.
Sha’hariel avanzó sola hacia la Puerta Oriental.
Su espada cortaba las sombras adheridas a las almas.
Sus flechas Sus flechas atravesaban pensamientos corruptos antes de que se convirtieran en actos.
Y el manto negro absorbía los susurros de desesperación enviados por la Sitra Ajra.
Entonces apareció el enemigo.
No tenía rostro fijo.
Tomaba la forma de los traidores, de los falsos amantes, de los amigos que abandonaron, de quienes usaron lo sagrado para manipular, de quienes sonreían mientras drenaban el alma de otros.
La criatura habló con mil voces:
—Tu Ima también cayó.
Sha’hariel apretó la espada.
Y respondió:
—Sí. Pero su dolor abrió el camino que tú no pudiste destruir.
Entonces levantó el estandarte de la Menorá.
Las Setenta y Dos Energías descendieron como relámpagos sobre Shalem.
Las máscaras comenzaron a romperse. Las ilusiones se incendiaron.
Los portales ocultos fueron sellados.
Y por primera vez, el Reino vio el verdadero rostro de la oscuridad que había alimentado.
Cuando terminó la batalla, Sha’hariel permaneció sola entre cenizas y fuego azul.
No sonreía.
Porque comprendió la verdad que todo profeta aprende tarde o temprano:
Salvar un Reino no significa volverlo cómodo.
Significa impedir que el alma desapareciera

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