Crónica de Shalem
El Sendero de los Árboles Huecos
Los bosques del norte de Shalem no aparecían en los mapas.
Ni siquiera los escribas del reino hablaban de ellos.
Porque existían lugares que debían permanecer fuera del lenguaje humano.
Bosques donde los árboles crecían demasiado altos.
Donde el viento pronunciaba nombres.
Donde las raíces parecían moverse lentamente bajo la tierra, como serpientes dormidas.
Aquella noche, Sha’hariel caminaba sola entre ellos.
Vestía completamente de negro.
Una túnica oscura cerrada hasta el cuello.
El arco descansaba sobre su espalda.
La espada golpeaba suavemente contra su pierna mientras avanzaba.
Y detrás de ella caminaba el perro lobo.
Inmenso.
Cubierto por pelaje gris oscuro.
Sus ojos reflejaban las antorchas invisibles del bosque.
No hacía ruido.
Ninguna criatura lo hacía allí.
Ni insectos.
Ni aves.
Ni siquiera el viento parecía atreverse a romper completamente el silencio.
La niebla descendía lentamente entre los árboles huecos.
Sha’hariel avanzó sin apresurarse.
Conocía aquellos senderos.
O al menos… conocía la sensación.
Porque el bosque cambiaba constantemente.
Los caminos nunca permanecían iguales dos noches seguidas.
Eso advertían ciertos fragmentos olvidados del Sefer Raziel HaMalaj:
"Existen lugares donde la creación todavía recuerda el caos anterior a las palabras."
Entonces el perro lobo se detuvo.
Sus orejas se levantaron lentamente.
Un gruñido bajo vibró en su pecho.
Sha’hariel también lo sintió.
Algo observaba desde los árboles.
No una bestia.
Algo antiguo.
Algo consciente.
Las ramas comenzaron a crujir.
Y entre la niebla aparecieron figuras humanas inmóviles.
Demasiado inmóviles.
Vestían túnicas antiguas cubiertas de barro negro.
Sus rostros permanecían ocultos detrás de máscaras de madera agrietada.
Cada máscara tenía grabada una letra hebrea distinta.
א
ל
מ
Pero las letras estaban rotas.
Invertidas.
Corrompidas.
Sha’hariel no llevó la mano a la espada.
Todavía no.
Porque reconoció inmediatamente lo que eran.
Los Guardianes Huecos.
Mencionados apenas en comentarios prohibidos alrededor del Zóhar.
No muertos.
No espíritus.
Ecos.
Fragmentos de almas que habían buscado secretos imposibles dentro de los bosques antiguos de Shalem… y olvidaron cómo regresar.
Entonces una de las figuras habló.
La voz sonó como ramas secas quebrándose bajo nieve.
—La Voz volvió al bosque.
El perro lobo mostró lentamente los dientes.
Pero Sha’hariel permaneció inmóvil.
La figura levantó una mano temblorosa.
Debajo de la manga no había carne.
Solo raíces negras moviéndose lentamente.
—El bosque abrió otra vez las puertas —susurró—. Y algo está caminando entre los árboles.
Entonces el viento cambió.
El bosque entero comenzó a emitir un sonido profundo.
Como respiración.
Las ramas se inclinaron.
La niebla retrocedió.
Y a lo lejos, entre la oscuridad… apareció una luz.
Pequeña.
Dorada.
Demasiado cálida para pertenecer a aquel lugar.
Sha’hariel sintió inmediatamente el peligro.
Porque en los bosques antiguos de Shalem, la luz también podía mentir.
Las figuras enmascaradas comenzaron a retroceder lentamente entre los árboles.
Como si temieran aquello que se acercaba.
El perro lobo caminó delante de Sha’hariel.
Protegiéndola.
Entonces ella vio las marcas.
Símbolos grabados sobre la corteza de los árboles.
Combinaciones antiguas de letras hebreas.
Nombres incompletos.
Sellos rotos.
Y comprendió.
Alguien había intentado abrir senderos utilizando combinaciones prohibidas del Sefer Yetzirah.
No para encontrar sabiduría.
Sino para obligar al bosque a revelar lo que ocultaba.
Y el bosque había respondido.
Siempre respondía.
Entonces la luz apareció entre la niebla.
Una figura.
Humana.
Cubierta completamente por túnicas blancas.
Sin rostro visible.
Sin sombra.
La temperatura descendió inmediatamente.
El perro lobo comenzó a gruñir con furia.
Y Sha’hariel finalmente llevó una mano hacia la empuñadura de la espada.
La figura inclinó lentamente la cabeza.
Y habló con una voz demasiado perfecta para pertenecer a un ser humano.
—¿Todavía crees que las letras fueron entregadas para salvar almas?
El bosque entero se estremeció.
Las raíces comenzaron a salir de la tierra.
Las máscaras colgadas sobre los árboles giraron solas.
Y Sha’hariel comprendió lo que tenía delante.
No era un hombre.
No era un malak.
Era una de las Inteligencias Antiguas.
Seres mencionados indirectamente en fragmentos del Libro de Enoc.
Entidades que existían alrededor del lenguaje sagrado… observando cómo la humanidad utilizaba los Nombres.
Entonces Sha’hariel desenvainó lentamente la espada negra.
No con rabia.
Con tristeza.
Porque entendió algo terrible:
Algunas puertas del bosque no se abrían para dejar entrar oscuridad.
Se abrían porque los seres humanos insistían demasiado en arrancarle secretos al cielo.
La figura sonrió.
Y detrás de ella…
entre los árboles…
miles de ojos comenzaron a abrirse.

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