La Vigilia de Sha'hariel
La noche había extendido su manto sobre Shalem.
Las casas permanecían en silencio.
Los fuegos ardían detrás de las ventanas.
Y las puertas de la ciudad estaban cerradas.
Pero en lo alto de la fortaleza, una figura permanecía despierta.
Sha'hariel.
De pie sobre la piedra antigua de los vigías.
Su capa oscura danzaba bajo el viento nocturno.
El escudo reposaba firme sobre su brazo.
La espada permanecía preparada.
No porque la batalla hubiera comenzado.
Sino porque una reina jamás abandona su puesto.
Desde aquella altura observó las montañas lejanas.
Más allá de los valles.
Más allá de los caminos.
Más allá de los límites visibles de Shalem.
Entonces elevó sus ojos hacia el cielo.
No buscaba señales.
No buscaba prodigios.
No buscaba respuestas fáciles.
Buscaba recordar aquello que ya sabía.
Que las murallas pueden caer.
Que los ejércitos pueden dispersarse.
Que los reinos de los hombres son pasajeros.
Pero el Guardián de Israel permanece.
El viento recorrió la fortaleza.
Y las palabras del Tehilim resonaron en su memoria:
"Levanto mis ojos hacia los montes; ¿de dónde vendrá mi ayuda?"
Sha'hariel sostuvo con firmeza el escudo.
Su mirada permaneció fija en las estrellas.
Y respondió en silencio:
—Mi ayuda viene del Shadday, Hacedor de los cielos y de la tierra.
No hubo truenos.
No hubo visiones.
No hubo voces.
Sólo la certeza.
Y aquella certeza bastó.
Porque mientras el Shadday velara sobre Shalem, ella continuaría velando sobre sus muros.
Como reina.
Como guerrera.
Como vigía de la noche.

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