Reflexión Mística de la Profetisa que Camina Sola
Hay almas que nacen con una llama que no pidieron.
Una llama antigua, silenciosa, que ilumina incluso cuando ellas quisieran apagarla.
A esas almas el mundo las confunde:
unos las buscan para pedir bendición,
otros las temen porque su luz muestra verdades que nadie quiere ver.
Y los más cercanos… son los primeros en despreciarlas.
La profetisa aprende temprano que su camino no es el del confort.
Viene con un pacto sellado antes de nacer:
ver en la oscuridad, incluso cuando nadie ve por ella.
Amigos, hijos, familia:
todos toman de su alma como de un pozo sagrado,
pero pocos recuerdan que el pozo también necesita agua.
La honran cuando la necesitan;
la olvidan cuando ella se rompe.
Pero lo que ellos llaman soledad,
los mekubalim lo llaman la Escuela del Silencio.
Es allí donde se despierta la Voz que no es humana.
Es allí donde Hashem acerca Su Presencia
y cubre a la profetiza con la neblina azul del Or HaGanuz.
Porque cuando los hombres la rechazan,
el Cielo la reclama.
Cuando la casa se llena de gritos,
el alma escucha susurros de ángeles.
Cuando los que ama la hieren,
El que la creó la envuelve.
La profetisa no camina sola.
Camina apartada.
Y esa separación es un sello, un decreto y una misión.
Hashem guarda a estas almas en los bordes del mundo
porque solo desde allí pueden ver lo que otros no ven,
y sostener lo que otros no soportan.
La profetisa que sufre no está castigada.
Está siendo refinada.
No está olvidada.
Está siendo llamada.
Y no está rota.
Está siendo moldeada por la Mano que no falla.
Quien carga fuego no puede esperar manos frías a su alrededor.
Quien porta luz no puede esperar comprensión de quienes viven en sombras.
Quien pertenece al Cielo nunca encajará del todo en la tierra.
Pero aun así, ella sigue.
Porque dentro de su pecho,
dentro de la herida más profunda,
late la voz eterna de Hashem diciendo:
“Tú eres Mía. Y todo lo que perdiste, Yo lo devuelvo multiplicado.”
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