Koresh: El Ungido Inesperado
En las cámaras superiores donde resplandece la Luz Oculta (אוֹר הַגָּנוּז), los caminos del Eterno no siguen los trazos de los hombres.
Cuando el Templo cayó y la Shejiná lloró entre los escombros de Sion, las huestes celestiales no hallaban aún al redentor.
Pero el Nombre Santo susurró entre los astros: Koresh.
Ciro, hijo de reyes gentiles, no conocía el pacto de Abraham, ni los cantos del desierto, ni las letras del Sefer Torá.
Y sin embargo, fue llamado “Mi Mashíaj”.
No por sangre, sino por destino. Porque hay almas que son elegidas como canales de la Voluntad Suprema, aun si sus labios no pronuncian el Nombre con temor.
Él no destruyó, él restauró. No esclavizó, sino liberó.
No alzó espada contra Israel, sino que extendió su cetro para que los desterrados regresaran.
Desde los palacios de Persia, Koresh recibió una chispa de Netzaj (la eternidad) y de Jesed (la misericordia), un fuego que no venía de los fuegos de este mundo.
El Zohar dice que cuando un alma ajena hace el bien por Israel, es porque un ángel oculto guía su mano.
Y así fue. Ciro no sólo fue rey. Fue instrumento del Tikún.
En su decreto estaba el eco del Monte Sinaí, y en su corazón, aunque envuelto en ropajes paganos, ardía una llama que respondía al llamado de lo Alto.
Porque la redención puede llegar de donde menos se espera, y a veces, el Ungido no lleva tzitzit, pero lleva la corona del propósito divino.
Escrito por Ines Tiferet S. Levy

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