Dicen que lo divino se hizo carne.
La Kabbalah mira, suspira… y prende una vela por la vasija rota.
Porque claro, si la Luz Infinita cupiera en un cuerpo,
no necesitaríamos Sefirot… ni Tikún… ni este caos hermoso que llamamos vida.
Un mekubal lo diría bajito (pero con humor negro):
“No es que Dios se hizo hombre…
es que el hombre necesitó tanto tocar a Dios,
que terminó humanizándolo.”
Y así nació la versión portátil de lo infinito.
Compacta. Emocional. Milagrosa.
Pero… peligrosa si olvidas que la Fuente no cabe en el envase.
Mientras tanto, en los mundos superiores,
sigue en su lugar…
equilibrando misericordia y juicio,
sin pedir cuerpo, sin pedir altar, sin pedir marketing.
Moraleja cabalística con sonrisa torcida:
No reduzcas la Luz para entenderla…
expande tu vasija para soportarla.
Porque cuando haces lo contrario,
no creas fe…
creas ídolos con buena narrativa.
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