lunes, 30 de marzo de 2026

Manual antiguo para justificar el fuego. Y llamarlo Dios


 “Manual Antiguo para Justificar el Fuego (y Llamarlo Dios)”


Durante siglos, el ser humano tuvo una idea brillante:
Si algo nos da miedo… lo convertimos en divinidad, le construimos un altar… y le ofrecemos lo más valioso que tenemos.

Porque claro, nada dice “espiritualidad elevada” como el pánico colectivo con buena logística.
En el antiguo Levante, entre sequías, guerras y crisis existenciales, algunos pensaron:
“¿Y si el problema no es el caos… sino que no hemos quemado suficientes cosas?”.
Y así nació la teología del humo: si arde, agrada.
Pero aquí viene el giro incómodo:
Los mismos textos que algunos usan para acusar, son los que gritan desesperadamente:
“¡NO HAGAN ESO!”

Sí, porque mientras unos veían en el fuego una prueba de lealtad, otros empezaban a sospechar que quizá—solo quizá—
Dios no necesita barbacoa humana para sostener el universo.
Entonces aparece la narrativa incómoda:
Un padre sube una montaña dispuesto a sacrificar a su hijo…
y en el último segundo, una voz divina dice:
“Detente. Esto no es lo que quiero.”


Traducción moderna:
“Si crees que tengo hambre de sangre, el problema no soy Yo.”

Pero claro, eso no vende tanto como la versión conspirativa donde todo es un encubrimiento milenario,
porque aceptar que la humanidad evoluciona espiritualmente es menos emocionante que pensar que todos están ocultando algo desde hace 3,000 años.
¿Hubo prácticas oscuras? Sí.
¿Fueron universales? No.
¿Fueron divinas? Mucho menos.

La Kabbalah lo diría más elegante, pero el mensaje es el mismo:
No confundas a Dios con las proyecciones del miedo humano.
Porque al final, el mayor truco no fue cambiar “Melek” por “Molok”…
fue creer que nuestra propia sombra podía sentarse en el trono
y hacerse pasar por el Rey.

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