Crónica de Shalem: La Luz Oculta en la Herida
El cielo sobre Shalem no brillaba.
Se había vuelto pesado… denso… como si la Luz misma hubiese decidido esconder su rostro.
Sha’hariel permanecía de pie entre ruinas humeantes, con la espada en una mano y el arco colgando a su espalda. Su túnica oscura estaba marcada por polvo, sangre y ceniza. El Maguén David en su brazo ardía débilmente… como una estrella que lucha por no apagarse.
Los enemigos no estaban frente a ella.
Estaban dentro del velo.
Dentro del silencio.
Dentro de la grieta invisible que se abre cuando el alma no entiende lo que está viviendo.
Entonces ocurrió.
El aire se contrajo.
No hubo advertencia.
No hubo ataque visible.
Pero su respiración se detuvo.
Como si una fuerza oculta —antigua, fría, inteligente— hubiera tocado el hilo mismo de su vida.
Sha’hariel cayó de rodillas.
El mundo giró.
El cuerpo rechazó… y el espíritu quedó expuesto.
No era una herida de espada.
Era algo más profundo.
Algo que no venía a destruir… sino a confrontar.
Desde el vacío, una voz surgió. No venía de fuera.
Venía de la raíz.
—¿Recibirás la Luz… solo cuando te es dulce?
El silencio pesó más que cualquier grito.
Las sombras se movieron alrededor, como entidades alimentadas por la duda. El Sitrá Ajrá no atacaba con fuego… atacaba con confusión.
Con fragmentación.
Con la ilusión de que hay dos fuerzas.
Sha’hariel apretó la tierra con sus manos.
Su respiración volvió… lenta, quebrada… pero viva.
Y entonces, levantando el rostro hacia un cielo sin respuesta, habló:
—¿Recibiré el bien… y negaré lo que no comprendo?
En ese instante, algo cambió.
No afuera.
Dentro.
Las sombras no desaparecieron… pero perdieron forma.
Porque habían sido expuestas.
No eran una fuerza independiente.
Eran ocultamiento.
Eran la Luz… disfrazada de juicio.
El Maguén David en su brazo ardió nuevamente.
Pero esta vez no como fuego…
Como verdad.
Sha’hariel se puso de pie.
No había victoria visible.
No había enemigos derrotados.
Pero el campo espiritual había cambiado de dueño.
Porque donde hay unidad… el caos no puede reinar.
Y así, en medio de la oscuridad que aún no se disipa, la guerrera de Shalem avanzó.
No porque el dolor se hubiera ido.
Sino porque ahora sabía…
que incluso ahí,
la Luz seguía siendo Una.
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