Crónicas de Shalem
Sha’hariel y las 231 Puertas del Viento Silencioso
Capítulo I: El Reino donde las Palabras Morían
En Shalem comenzó primero como un detalle pequeño.
Los niños olvidaban canciones.
Los jueces pronunciaban sentencias vacías.
Los enamorados se miraban sin encontrar frases.
Incluso las plegarias subían pesadas, como si el cielo hubiese cerrado una ventana.
Sha’hariel caminó por las calles envuelta en una túnica negra de guerra, larga y elegante, bordada con discretos hilos de plata.
En su espalda llevaba la espada de hierro oscuro; en su hombro descansaba el arco.
A su lado avanzaba su fiel perro lobo Kelev-Or, de ojos atentos y pelaje como sombra plateada.
El viento soplaba… pero no traía sonido.
En la plaza central encontró ancianos moviendo los labios sin voz.
Los escribas lloraban sobre pergaminos donde la tinta desaparecía apenas tocaba el papel.
Entonces apareció la Reina Madre Eliora Tiferet Shalem, rodeada por un resplandor severo.
—Han tocado las raíces del lenguaje —dijo—. No es hechicería común. Han sellado una de las 231 Puertas.
Sha’hariel puso la mano sobre el Maguén David de su brazo.
—¿Quién se atreve?
Eliora alzó los ojos hacia las ruinas del antiguo Templo.
—Uno nacido de la cáscara del vacío. Domem ben Afel.
Al escuchar ese nombre, Kelev-Or gruñó hacia el norte.
Esa noche, Sha’hariel subió sola a la terraza del palacio.
Encendió tres lámparas y pronunció en secreto uno de los Nombres sagrados usados por los sabios:
אהיה אשר אהיה
Ehyeh Asher Ehyeh — “Seré el que Seré”.
El aire tembló.
Del círculo de fuego surgió el malak Raziel, figura humanoide hecha de llamas y letras hebreas girando en su pecho.
—Hija de Shalem —tronó con voz silenciosa—, cuando las palabras mueren, las almas se vuelven prisioneras.
—Muéstrame el camino.
Raziel extendió una mano de fuego, y en el cielo aparecieron ruedas de letras entrelazadas.
—Busca la primera puerta bajo las piedras del Templo.
Allí duerme la unión de Alef y Mem.
Pero recuerda esto: no toda espada corta oscuridad.
Algunas solo rompen lo que debía sanar.
Sha’hariel ajustó su arco, tomó una flecha negra y descendió las escaleras.
Kelev-Or la esperaba en la entrada.
Sin decir palabra, ambos partieron hacia las ruinas.
Y detrás de ellos, desde una torre lejana, dos ojos sin pupila observaban.
El silencio… había comenzado a cazar.

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