El niño y las almas que nacen rotas.
El niño nace con la luz abierta
porque todavía no aprendió a mentirse.
No es inocente:
es transparente.
Camina con la memoria del cielo aún húmeda,
y por eso incomoda.
Porque mira sin permiso
y nombra lo que el adulto enterró.
Pero no todas las almas llegan íntegras.
Algunas nacen con la vasija fisurada,
no por maldad
sino por exceso o carencia de luz.
Almas que no cerraron del todo su descenso,
o que bajaron con Guevurá sin Jesed,
con corte sin abrazo.
No sienten como los otros.
No sueñan igual.
No siempre pueden sostener el mundo que ven.
El error es llamar “monstruo”
a lo que en verdad es fractura.
El Zóhar no absuelve el daño,
pero tampoco miente sobre el origen:
no toda oscuridad eligió serlo.
El niño pierde su luz
cuando aprende a traicionarla.
El alma rota, en cambio,
a veces nunca tuvo dónde apoyarla.
Y aun así, el juicio es claro:
la herida explica,
pero no gobierna.
Dichoso no el alma perfecta,
sino la que, aun quebrada,
no se convierte en verdugo de la luz ajena.

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