(Sha’hariel y la Ima — antes de la unción)
No fue en el trono.
Fue en una estancia sin símbolos, sin guardias, sin nombres dichos en voz alta.
Sha’hariel estaba de pie.
La espada apoyada contra la pared.
No como amenaza. Como cansancio.
Sha’hariel:
—Todos me llaman Reina… pero yo no me siento completa.
No como tú.
La Ima no respondió de inmediato.
La miró como se mira a alguien que ya cruzó un río, aunque no sepa nadar.
Ima (Eliora):
—Porque yo nunca empuñé una espada.
Tú sí.
Eso cambia el peso del alma.
Sha’hariel apretó la mandíbula.
Sha’hariel:
—Entonces dime qué me falta.
La Shin.
La Diadema.
El día.
La Ima dio un paso más cerca. No la tocó.
Ima:
—No te falta fuego.
Te falta tiempo dentro del fuego.
Silencio.
Sha’hariel:
—¿No confías en mí?
La Ima sostuvo su mirada, firme.
Ima:
—Si no confiara, ya estarías muerta.
O coronada… y el Reino ardiendo contigo.
Eso dolió.
Pero era verdad.
La Ima continuó, más suave:
—Yo aprendí a sostener el Nombre sin derramar sangre.
Tú estás aprendiendo a gobernar con sangre… sin perder el Nombre.
No es menor.
Es más difícil.
Sha’hariel bajó la mirada.
Sha’hariel:
—Entonces camina conmigo.
No delante.
No detrás.
La Ima asintió.
Ima:
—Eso ya lo hago.
Por eso aún no te entrego la Shin.
Se acercó por fin. Apoyó su frente contra la de ella.
—Reina mía —dijo, sin ceremonia—,
cuando llegue el día, no te daré la letra.
Te reconoceré como quien ya la porta.
Y eso fue todo.
No hubo bendición.
No hubo lágrimas.
Solo consentimiento.

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