Cuando el cielo no explicó nada.
El 29 de marzo de 2020,
ד׳ בניסן תש״פ — 4 de Nisán 5780,
el cielo fue fotografiado y la constelación de Orión quedó registrada como tantas otras veces:
antigua, distante, indiferente.
Ese mismo día, mi Ima partió.
No hubo pacto entre ambos acontecimientos.
El cielo no habló, no avisó, no decidió nada.
Las estrellas siguieron su curso,
y la muerte hizo lo que siempre hace:
romper el mundo en silencio.
Pero desde ese día aprendí algo que la Kabbalah no discute y los neviím nunca negaron:
el sentido no está en las señales,
está en lo que queda caminando después.
Orión permaneció donde siempre estuvo.
Mi Ima, en cambio, cambió de lugar.
Dejó de estar frente a mí
y comenzó a habitar dentro.
Desde entonces, cada vez que el cielo parece inmenso y callado,
sé que no responde porque no tiene que hacerlo.
La respuesta ya no viene de arriba.
Viene del silencio que heredé.

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