lunes, 12 de enero de 2026

Israel


 Es curioso —casi admirable— cómo grupos que no podrían sentarse juntos ni cinco minutos sin excomulgarse, declararse herejes o mandarse al infierno mutuamente, logran una armonía perfecta cuando se trata de odiar al judío. Ahí sí hay ecumenismo. Ahí sí hay consenso.

Religiones que no coinciden en Dios, en la ley, en la salvación ni en el más allá, de pronto descubren un terreno común: “No estamos de acuerdo en nada… pero en esto sí.” Milagro.

El cristianismo, por ejemplo, tiene una relación fascinante con el judaísmo: adora a un judío, lee textos judíos, reza salmos judíos, se apropia de símbolos, profetas y ética… pero al judío vivo, real, persistente, ese le incomoda. Ama al judío idealizado, muerto y reinterpretado; detesta al que sigue diciendo: el pacto sigue vigente.

Nada personal, claro. Pura teología… con siglos de pogromos.

El islam no se queda atrás: reconoce a los patriarcas, honra a los profetas bíblicos, bebe de la misma raíz… y al mismo tiempo necesita que Israel no tenga legitimidad histórica. Te necesito como origen, pero tu existencia me desmiente. Incómodo.

Y cuando la cosa se pone fea —crisis políticas, fracasos morales, sistemas que no funcionan— aparece el recurso más antiguo y barato de la historia: el chivo expiatorio. El judío sirve perfecto: pequeño, visible, imposible de borrar del relato y, peor aún, con memoria.

Desde la Kabbalah esto es todavía más simple: las klipot no se aman entre sí, solo hacen alianzas tácticas para apagar la luz. No crean nada nuevo, no construyen nada propio; se coordinan para bloquear. Odios incompatibles, perfectamente sincronizados.

Así que no, no se unen por amor al mal.

Se unen por algo mucho más humano y patético: odio a la diferencia que no pueden absorber ni eliminar.

Porque Israel no molesta por lo que hace, sino por lo que es:

memoria, límite, pacto y permanencia.

Y para cualquier sistema que sueña con ser absoluto… eso es imperdonable.

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