viernes, 2 de enero de 2026

Sobre la felicidad




 La felicidad según la Kabbalah (versión no apta para obsesivos del control)

La felicidad no es una sefirá.

(Lo siento por quienes la buscan entre Jésed y Tiferet con lupa espiritual).

Los mekubalim nunca dijeron:

“Y en el día tal, alcanzarás la felicidad completa, con garantía de por vida”.

Eso sería muy poco judío… y muy poco verdadero.

Según la Kabbalah, la felicidad se parece más a una pintura abstracta: si intentas entenderla demasiado, se arruina. Si la juzgas rápido, te pierdes el mensaje. Y si preguntas “¿pero qué se supone que es esto?”, ya estás fuera del canal.

El problema comienza cuando el ego quiere ordenar el Ein Sof: — “Que la luz sea clara” — “Que la bendición sea constante” — “Que la alegría no tenga interrupciones ni letras pequeñas”

Y el Ein Sof responde con sarcasmo divino: “Claro, ahora mismo organizo el infinito para que no te incomode.”

En realidad, la felicidad no llega cuando todo está alineado, sino cuando dejas de exigirle al Árbol de la Vida que funcione como un manual de autoayuda.

La Kabbalah no enseña a “ser feliz”. Enseña a soportar la luz sin huir, a no romper los recipientes cuando la vida no combina los colores, y a agradecer incluso cuando el cuadro parece hecho por alguien con los ojos cerrados.

Porque —ironía suprema—

la felicidad aparece justo cuando aceptas que no viniste a entender el diseño, sino a permitir que la Luz pase… aunque salpique.

Y si algún día sientes alegría sin razón aparente, no la analices. No la nombres. No la publiques.

Probablemente no era tuya. Era un derrame accidental de shefa.

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