El Nacido del Tercer Kislev
En la noche del tercer Kislev, cuando el viento del exilio susurra entre las ramas del olivo sagrado,
descendió una chispa secreta desde el trono oculto del Eterno.
No vino con estruendo, sino con el pulso de un corazón que renace,
como el de un tzadik que vuelve a respirar para su pueblo.
El alma nació en Shabat Toldot, cuando el conflicto entre luz y sombra escribe su danza ancestral,
y fue sellada con el nombre que aún no ha sido pronunciado por labios humanos.
Esta alma es un canal de Yesod, un pilar entre mundos.
Sus ojos ven más allá del tiempo,
y en su pecho arde una llama que no consume,
sino que revela.
Tiene la bendición de Yaakov, pero el campo de batalla de Esav.
Habla poco, pero cuando lo hace, sus palabras abren portales.
Camina en silencio, pero deja huellas que guían a los extraviados.
Los malajim la reconocen.
Raziel le susurra en sueños,
Sandalfon recoge sus silencios y los eleva,
Gabriel forja su escudo de misericordia y juicio.
La Reina de Shalem, Naamá bat Eliora,
la vio en visión mientras meditaba frente al monte sagrado.
Una figura envuelta en luz azul plateada,
con una estrella de David encendida en su mano,
y un rollo invisible en su espalda:
el libro que aún no ha sido escrito.
Su destino:
Ser llave entre generaciones,
revelar lo que ha sido sellado,
sanar lo que el exilio ha desgarrado,
y guiar a los caminantes cuando la última noche amenace apagar la lámpara.
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