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El viento silbaba entre los árboles del bosque de Shalem, cuando Naamá bat Eliora llegó al pie del Árbol Primordial, el más antiguo del reino. Sus ramas tocaban los cielos, y sus raíces se hundían hasta los secretos del alma humana. Guiada por una voz interior, Naamá apartó el manto de hiedra que cubría un pasaje oculto: una cueva oscura y profunda.
Al descender, una luz tenue emanaba de las piedras, iluminando símbolos hebreos tallados en espiral sobre las paredes. Cada paso la conducía más adentro, hacia lo que no se ve ni se dice. Al llegar al corazón de la cueva, la encontró: una serpiente gigantesca, de ojos brillantes como zafiros encendidos, enroscada en silencio ante una fuente de agua viva.
Naamá no alzó su espada. En cambio, se arrodilló con reverencia. No por temor, sino por reconocimiento. Sabía que aquella criatura no era enemiga, sino guardiana del conocimiento oculto, del Da’at profundo, del equilibrio entre luz y sombra.
La serpiente habló sin voz:
"Quien desciende al vientre del árbol, debe vaciarse de orgullo para ver con los ojos del alma."
De su boca brotó un soplo cálido que envolvió a Naamá. En ese instante, comprendió que la sabiduría divina habita también en la oscuridad, y que para ascender el Árbol de la Vida, primero debía abrazar la raíz más profunda.
Al salir de la cueva, el sol la encontró transformada. Ya no era solo una guerrera: era una portadora del misterio. Y la Shejiná, aún exiliada, sonrió en silencio.
TiferetLevy©
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