sábado, 17 de mayo de 2025

El Shema en la Montaña de la Luz



 La noche caía suavemente sobre las alturas de Shalem, mientras las estrellas encendían su danza sobre el valle. En lo más alto de la Montaña de Luz, Naamá bat Eliora se arrodillaba con su túnica morada ondeando al viento sagrado. La brisa traía consigo voces antiguas, como si los ecos del Sinaí volvieran a despertar.

A su alrededor, siete malakim formaban un círculo protector: Mijael con su espada de fuego, Gabriel con su trompeta de juicio, Uriel con un rollo de luz, y Raziel, quien descendía justo frente a ella, desplegando un pergamino celestial.

Naamá extendió sus manos hacia los cielos. En su brazo brillaba el Maguen David como una llama viva. En su otra mano, una Menorá de luz flotaba suspendida, símbolo de la Sabiduría divina.

Con voz profunda y decidida, comenzó a recitar:

"Shema Yisrael Adonai Eloheinu Adonai Echad…"

Las letras hebreas comenzaron a emanar desde su boca como fuego dorado, elevándose hacia el cielo. Cada palabra era una espada, cada línea una muralla de luz que alejaba a los espíritus oscuros que merodeaban el Reino.

Los malakim respondían con un susurro de alas, repitiendo el Shema en armonía celestial. El cielo se abrió un instante, y Naamá vio un destello del Trono Celestial rodeado de serafines.

Al finalizar el último versículo, un haz de luz descendió sobre su frente. Raziel colocó sobre su pecho las letras אֵחָד (“Ejad”, Uno), grabadas en fuego vivo, sellando el Pacto.

La montaña entera vibró. El Reino de Shalem estaba protegido. Y el Shema seguía resonando entre las piedras, grabado para siempre en la historia del pueblo.

TiferetLevy©

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