jueves, 15 de mayo de 2025

La guerra de las sombras


n las profundidades del bosque de Olam Tzelalim —el Mundo de las Sombras— surgieron señales oscuras. Los sheidim (demonios antiguos), los mazikim (espíritus dañinos), y criaturas olvidadas del bajo astral comenzaron a manifestarse más allá de sus reinos prohibidos. Los habitantes de la Tierra Hueca, seres que habitan debajo del mundo visible, también emergieron, atraídos por una grieta abierta en las fronteras del Reino de Shalem.

La reina guerrera Naamá bat Eliora, vestida con su túnica Morada real bordada con símbolos de protección en hebreo, recibió la visión de un peligro inminente. En su pecho brillaba la inscripción de "Gam zu letová", recordándole que incluso la oscuridad puede ser transformada.

Convocó a su consejo de guerreros sagrados:

Uriel el centinela de la luz del Este,

Gabriel el mensajero de juicio y fuego,

Mijael, su escudo contra las tinieblas,

Raziel, guardián del Sefer haRazim, el Libro de los Secretos,

Y Sandalfón, que recogía los rezos de los justos para convertirlos en armas de luz.

Juntos, guiaron un ejército compuesto de hombres, mujeres, y malakim entrenados en los caminos de la Kabaláh guerrera.

La batalla comenzó en los límites del bosque, donde Naamá recitó salmos y elevó su espada grabada con el Tetragrámaton. Los árboles se estremecieron cuando los mazikim, pequeños como sombras, intentaron penetrar la mente de sus soldados. Pero los guerreros de Shalem llevaban tzitzit sagrados y piedras de onix grabadas con Shemot Kodesh que los protegían.

En las cavernas subterráneas, se enfrentaron a criaturas serpentinoides con ojos de fuego y lenguas bífidas que hablaban idiomas antiguos. Allí, Raziel abrió su libro y pronunció un Nombre Secreto: las criaturas se disolvieron en polvo.

La lucha fue larga y desgastante. En un momento crítico, Naamá cayó de rodillas. Del cielo descendió una lluvia de letras hebreas doradas: "אל שדי" —El Shaddai—, y su cuerpo se cubrió de un fuego azul que quemó a los sheidim más cercanos.

La batalla final ocurrió en el umbral del pozo del Abismo, donde los entes del bajo astral trataron de invocar al Rey de la Putrefacción, un ser sin nombre que devoraba almas. Fue ahí cuando Naamá gritó el Salmo 91 con voz firme. El suelo tembló. Desde los cielos bajó una Menorá de luz, que se incrustó en su brazo izquierdo. Con un último golpe de su espada luminosa, selló la grieta entre los mundos.

El Reino de Shalem quedó protegido, pero Naamá sabía que las sombras volverían.

TiferetLevy©

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