La noche había sido larga en el Reino de Shalem. Las estrellas se habían escondido, y hasta los malakim parecían en silencio. Naamá bat Eliora, vestida con su túnica morada, caminaba sola entre las ruinas de la muralla antigua, donde antaño su pueblo rezaba y cantaba.
Pero ese amanecer, algo cambió.
Del cielo descendió una pluma dorada, flotando suavemente hasta caer sobre su palma. Era la señal del Libro del Alma, el Sefer que solo responde a quienes aún tienen un propósito divino en la tierra.
Y cuando tocó su piel, escuchó una voz que no venía de fuera, sino de dentro:
“Aún no has visto el fruto de tu compasión. Aún no se ha escrito la canción que tú inspirarás. Quédate. El mundo necesita tu luz.”
Raziel apareció en ese instante, con los ojos llenos de ternura. Extendió su mano sobre el corazón de Naamá y reveló letras hebreas en fuego suave:
חי – Chai – Vida.
אהובה – Ahuvá – Amada.
La Reina Madre llegó con el séquito de curanderos y guerreros. No dijeron nada. Solo se arrodillaron con ella, porque sabían: cuando una reina sufre, el Reino entero sostiene su alma.
Y Naamá, con lágrimas cálidas, alzó la vista. No porque ya no doliera, sino porque había recordado:
ella no era solo parte de Shalem… Shalem vivía en ella.
TiferetLevy©
.png)