Un relato de Tishá BeAv en Shalem
Las estrellas estaban cubiertas por un velo oscuro, como si el cielo mismo llorara. Naamá bat Eliora, vestida con un manto negro bordado en hilos de plata, caminaba descalza entre las ruinas antiguas del Primer Santuario. Sus manos rozaban las piedras agrietadas que aún conservaban la luz sagrada del Templo, ahora oculto en los mundos superiores.
Detrás de ella, el Reino de Shalem guardaba silencio. Era el 9 de Av. Aquel día, la tierra entera se inclinaba en duelo. Incluso los malakim guardaban distancia, en respeto al dolor eterno que se tejía en las almas del pueblo.
Naamá llevaba consigo un rollo de pergamino, uno que sólo podía leerse en ese día: las Lamentaciones del Alma. Mientras leía en voz alta, el aire se quebraba con sus palabras. De pronto, un eco surgió de las profundidades de la montaña: era la voz de su madre, la Reina Madre, en un cántico antiguo que sólo las hijas de Eliora conocían.
Los cielos se abrieron ligeramente, y del resplandor descendió el malak Metatrón, portando un cuenco con lágrimas recogidas a lo largo de generaciones. Naamá lo recibió con reverencia y lo colocó sobre la piedra central del Templo destruido.
— Este es el día del recuerdo eterno, susurró Metatrón. Pero en cada lágrima hay una semilla de redención.
Naamá, de rodillas, alzó sus manos hacia el firmamento. Las letras hebreas "זכרון עולם" (Zijaron Olam – "Memoria eterna") brillaron en el aire mientras el cuenco comenzaba a evaporarse, subiendo como incienso sagrado.
La Visión de Redención
Las letras flotaban en el aire como fuego suspendido. Naamá sintió que su cuerpo se volvía ligero, como si su alma comenzara a ascender por encima del tiempo. La piedra bajo sus rodillas desapareció, y el paisaje de ruinas se transformó. Ahora estaba en un plano superior, un Monte Sagrado que no era físico, sino espiritual.
Del este apareció el malak Uriel, con sus alas hechas de luz que parpadeaba como el fuego del altar. Llevaba en su mano una trompeta dorada, pero no la hizo sonar aún.
— Naamá bat Eliora, dijo con voz grave, has tocado el corazón de los mundos. Has abierto el umbral de Tishá BeAv: el duelo que es semilla de consuelo.
Ante ella, comenzó a emerger una visión: una ciudad celestial, construida con zafiros y oro puro, descendía desde lo alto. No era la Jerusalén terrenal, sino una Jerusalén superior. En su centro, un Templo resplandeciente flotaba como una llama viva.
Naamá tembló. Su corazón ardía.
— ¿Esto es el Tercer Templo?, preguntó con asombro.
— No es el templo de piedra… sino el templo del alma, respondió Uriel. Cuando cada corazón judío se purifique, cuando el odio gratuito desaparezca y el amor sea restaurado, este Templo descenderá por completo.
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