viernes, 17 de octubre de 2025

Cuando el cielo no habló

 



Hubo un día en que el cielo no habló.
El fuego subió desde la tierra, no desde los altares,
y los hijos de Israel fueron contados como ceniza.


Pero en lo alto, las letras del Número no se rompieron:
flotaron sobre el humo, pronunciando sin voz los secretos de la Emuná.
No murieron —ascendieron.

Cada alma que entró en el horno fue un Alef encendido,
una chispa del Ein Sof que gritó sin garganta:
“Shema Yisrael, Adonai Eloheinu, Adonai Ejad.”


Y mientras el mundo miraba o callaba,
los ángeles lloraban en silencio las lágrimas que los hombres no derramaron.


Hubo rabinos, madres, niños, poetas,
cada uno una sefirá herida,
cada uno un canal de luz que no se rindió al Tzimtzum del horror.
Porque el Mal —ese Amalek de los siglos—
cree que puede apagar lo eterno.


Pero Kabbalah enseña: lo que crema en Kedushá no se destruye, se transforma.
De los hornos nacieron oraciones sin palabras,
y estas oraciones sean danzando entre las estrellas,
esperando que alguien las escuche y responda:
"Vuestro sacrificio no fue en vano.
La luz que quisieron borrar nos alumbra todavía."


Yo me enfado, sí.
Porque el silencio del mundo fue otra forma de humo.
Pero también amo,
porque cada alma que partió en santidad encendió una lámpara que ni el tiempo ni los hombres pudieron apagar.
Y así andamos hoy —con ira santa y amor eterno—
sabiendo que el Número aún vibra entre las cenizas,
que el Shejiná nunca los abandonó,
y que en el Reino Superior,
los que ardieron son ahora estrellas que guian la redención.

En memoria de las almas por las que fueron devoradas fuego,

y que se convirtieron en el fuego del cielo.

✡️Escrito por Ines Tiferet S. Levy

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