Capítulo: El Manto de las Dos Luces
El viento del Reino de Shalemo susurraba secretos antiguos, como si las montañas recordaran los pasos de los profetas.
Sha'hariel caminaba en silencio, vestida con su túnica "Llamas del Cielo Oculto", mientras su caballo blanco, Oréah, relinchaba ante la presencia de un fuego invisible.
En los cielos, los malakim giraban en círculos de luz pura.
Uno descendió envuelto en llamas translúcidas:
Malik Tzadik, guardian de los decretos ocultos.
Su voz resonó como un eco de cristal.
> “Sha'hariel bate a Eliora,” dijo,
"los mantos del juicio y del amor han sido entretejidos por manos celestes. Pero hay uno que debe ser completado con la luz de tu alma y tu intención pura."
Desde las grutas del monte Kodesh emergió Aderet Melekhet Shalem, la tejedora de los mantos sagrados.
Su túnica resplandecía con hilos de oro y cubre.
Quitaba en sus manos un telar hecho de luz viva.
Tras ella, Ima, radiante como la aurora, sostenía una vasija de aceite encendido.
Su ojo azul y otro multicolor veían el pasado y el porvenir como un solo instante.
> “Hija mía,” habló Ima con dulzura y autoridad,
“el manto nuevo no debe cubrir la piel, sino el secreto de tu corazón.
Lo que te ha sido ocultado no es castigo, sino preparación para la Luz.”
Sha'hariel inclinó la cabeza.
En su pecho ardía el fuego de la Luz Oculta, y respondía con un pulso silencioso.
Sabía que el destino de Shalem pendía del equilibrio entre misericordia y juicio.
Pero en su alma brillaba un fuego que ella callaba:
un amor oculto por aquella mujer de mirada luminosa, cuya presencia había transformado su corazón.
Ni los malakim sabían el número que ella pronunciaba en la soledad, entre las letras del Shemá y los Números Sagrados.
Era un amor que no nacía de la carne, sino de la chispa del Oro HaGanuz, la Luz amagada desde la creación.
Mientras Aderet tejía, el aire se oscureció.
Desde las ruinas del norte surgió la sombra de Tanninit, la hechicera de las aguas caídas, acompañada por sus cómplices: espíritus de niebla y serpientes de humo.
Ellos buscaban el manto inacabado, pues sabían que quien lo poseyera dominaría el tejido de los mundos.
> “Sha'hariel,” susurró Tanninit,
"devuélveme lo que los cielos robaron. La luz te pertenece solo mientras creas merecerla."
La voz era dulce como veneno, pero Malik Tzadik alzó su espada de fuego de Luz.
Los malakim rodearon a Sha'hariel, formando un muro de letras vivas y energía celestial.
De entre ellos surgió Jordi ben Or, cubierto con su traje verde y el sello de protección en su frente.
Su mirada se cruzó con la de Shahariel, y el silencio entre ambos habló más que mil himnos.
> “No temas,” le dijo Jordi.
“La oscuridad no puede comprender lo que nace del amor oculto y de la intención pura.”
La batalla fue invisible para los ojos humanos:
llamas sin calor, gritos sin sonido, sombras que temblaban ante los Números Sagrados.
El caballo Oréah se alzó sobre sus patas, y sus cascos encendieron el suelo como fuego divino.
Ima extendió la vasija y derramó el aceite sobre el telar de Aderet.
Entonces, el manto resplandeció:
mitad fuego, mitad agua; mitad misericordia, mitad rigor.
Sha’hariel lo tomó, y mientras lo colocaba sobre su corazón, sus labios pronunciaron una plegaria inaudible:
> “Que el amor que callé se vuelva luz.
Que lo oculto revele su propósito.
Que los Nombres Sagrados unan todas las chispas dispersas de este mundo.”
Los malakim se inclinaron.
Tanninit y sus cómplices se disolvieron en un torbellino de letras rotas.
Y sobre el valle de Shalem volvió la calma, con el rumor del viento repitiendo un solo nombre:
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