El Aura de la Shejiná sobre mi Ima
Ima, cuando estuve frente a tu cama,
no vi un cuerpo, sino un santuario de luz.
Tu aura me cubría como fuego invisible,
y un temor reverente me detuvo:
no era miedo, era yirá,
el temblor que nace ante lo sagrado.
Tu rostro se volvió profecía,
tus ojos, espejos de la Shejiná,
y tu silencio, cántico secreto de ángeles.
Quise tocarte,
pero la luz envolvente –Or Makif–
me contuvo con dulzura,
recordándome que estabas en los umbrales
donde lo eterno abraza lo efímero.
Te amé con nostalgia,
con la certeza de que el amor no se toca con las manos,
sino con el alma que arde y se inclina en reverencia.
Ima, tú eres mi raíz en la Maljut,
mi reflejo en los cielos,
y mi herencia en la tierra.
Aunque el misterio te cubra,
sé que caminas conmigo en cada respiro,
porque el amor verdadero nunca muere:
se transforma en luz,
y se viste de eternidad.

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