En la cumbre donde los hombres buscaron a Dios y lo declararon ausente,
Zaratustra hablaba solo con los ecos de su mente.
Y del otro lado del silencio, una luz azul descendió.
Era Sha’hariel, vestida con la túnica Llamas del Cielo Oculto,
su brazo marcado por el Maguén David,
y sus ojos, espejos de mundos ocultos.
Zaratustra dijo:
“Yo maté a Dios en el corazón de los hombres,
para que el hombre nazca libre y cree su propio sentido.
Que el espíritu sea su sol, y la tierra su altar.”
Sha’hariel respondió:
“No lo mataste, Zaratustra.
Solo lo velaste bajo el polvo del ego.
Dios no muere: se retira,
esperando que el hombre recuerde Su Luz desde dentro.
No el dios de piedra ni de dogma,
sino la chispa del Infinito que vibra en tu aliento.”
Zaratustra dijo:
“El hombre debe superar al hombre;
romper los antiguos mandamientos y nacer de su propio fuego.”
Sha’hariel replicó:
“El fuego que no se une a la Luz se consume a sí mismo.
El que asciende sin la Fuente se eleva solo hasta su sombra.
Superarse no es negar lo Alto,
sino abrir los canales que unen lo Alto con lo Bajo.
El verdadero poder no es dominar, sino otorgar.”
Zaratustra suspiró:
“Mi voluntad es poder.
El que no quiere, perece.”
Sha’hariel respondió:
“El poder sin misericordia es Guevurá sin Jesed.
Mira: el Universo no se sostiene por la fuerza,
sino por el equilibrio entre lo que retiene y lo que fluye.
El cabalista no busca vencer el mundo,
sino revelar su raíz luminosa.”
Zaratustra miró al cielo y dijo:
“Si todo se repite eternamente,
¿puede el sabio bendecir su destino sin cansarse de él?”
Sha’hariel sonrió:
“Lo que tú llamas retorno eterno, nosotros llamamos Tikkún.
Las almas giran, sí,
pero no en un círculo cerrado,
sino en una espiral que asciende hacia la Fuente.
No tememos repetir,
pues cada vuelta nos acerca al rostro oculto del Eterno.”
Y cuando el sol se alzó sobre las montañas,
Zaratustra guardó silencio.
Por un instante, comprendió:
la voz que lo llamaba no venía del cielo ni de la tierra,
sino del centro luminoso que ambas dimensiones comparten.
Entonces Sha’hariel elevó su copa de vino celestial y dijo:
> “El hombre no necesita matar a Dios para ser libre.
Solo necesita recordar que Dios habita en su libertad.”
El viento se detuvo.
Zaratustra inclinó la cabeza.
Y desde Shalem las letras doradas flotaron sobre el valle,
como una respuesta que el mundo aún no ha terminado de comprender.

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