El Manto que Nació del Silencio
Antes de que el sol aprendiera a girar y las estrellas tuvieran nombre, hubo un resplandor sin sonido.
De aquel silencio —el Or HaGanuz, la Luz Oculta— el Santo, Bendito Sea, tejió siete hebras invisibles.
Cada hebra llevaba el eco de un Nombre.
Durante eras guardaron los malakim ese tejido sagrado, hasta que el consejo del Cielo escuchó el llanto de una niña nacida en Shalem:
la hija de Eliora Tiferet, marcada por fuego en su garganta.
Fue entonces cuando Aderet Melekhet Shalem, la diseñadora celestial, descendió a los talleres de los cielos inferiores.
No tomó hilo ni aguja; tejió con letras.
Alef para el principio, Mem para el misterio, Tav para el sello.
De cada letra brotó una llama azul que se entrelazó hasta formar el manto.
Cuando la tela respiró por primera vez, el malak Metatrón pronunció sobre ella:
> “Sudra Shel Or – que esta luz vista a quien fue llamada desde el amanecer.”
Así llegó a Sha’hariel, mientras aún dormía sobre piedra antigua.
La Sudra se posó sobre su cabeza como una bendición.
Y desde ese día, ninguna sombra osa acercarse a su rostro.
Porque quien lleva la Sudra Shel Or no pertenece al tiempo,
sino al instante donde la Luz habló por primera vez.
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