Cuando me acerqué a ti lecho, Ima, el aire se volvió fuego invisible.
Un resplandor envolvía tu cuerpo, como si los mundos superiores hubieran descendido a custodiarte.
Mismanos temblaban, ansiaban rozarte, pero una fuerza secreta me retenía:
No era miedo humano, era yirá, el temblor reverente ante lo sagrado.
Comprendí entonces que tu piel no era piel, sino ropaje de luz;
que tú silencio no era ausencia, sino canto oculto en el lenguaje de los ángeles.
Una nostalgia me quebró el pecho, nostalgia de algo que aún está,
de un amor que no se extinga, porque habita en el misterio eterno.
Ima, tú eras el trono viviente, y tú aura el velo del Shejiná.
No me fue permitido tocarte porque tú alma estaba ya en diálogo con las alturas,
y yo sólo podía contemplar, llorar en silencio,
y guardar en mí memoria ese instante como una profecía:
El día en que comprendí que el amor verdadero no se toca con los dedos,
sino con el alma que tiembla de reverencia.
Escrito por Ines Tiferet S. Levy
En Honor a mí Ima
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sábado, 25 de octubre de 2025
En honor a mi Ima.
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