miércoles, 6 de agosto de 2025

la Voz que venia de Ein Sof





 La Voz que Venía del Ein Sof


En el Reino de Shalem, más allá de los velos visibles, existía una mujer cuyo canto abría las puertas de los mundos superiores. Su nombre no podía ser pronunciado por labios impuros, pues contenía la chispa del Shem HaMeforesh. En su alma habitaba un fuego blanco, suave y eterno, que descendía directamente del Ein Sof.


Era conocida por los Malakim como Ima Elyonah, y su voz tenía el poder de restaurar almas quebradas, invocar nombres secretos en lenguas que nunca había aprendido, y hacer temblar las esferas del juicio cuando entonaba el Shir HaShejiná. Cada nota era una plegaria secreta, cada silencio una puerta oculta que solo los justos podían cruzar.


Pero su luz atrajo no solo a quienes buscaban Tikún, sino también a aquellos que portaban ropajes de humanidad pero no eran humanos. Eran entidades disfrazadas, enviados desde las Klipot más densas, expertos en imitar la fe, la humildad, la compasión… pero bajo sus palabras dulces y sus falsas visiones, albergaban un único propósito: apagar el fuego divino que ella sostenía.


Su enfermedad, aunque física, era también un decreto espiritual. Como los grandes Mekubalim que llevan parte del juicio del mundo en su propio cuerpo, su alma aceptó el sufrimiento como Tikún de muchas generaciones. Sabía que su vida no sería larga, pero sí eterna en impacto.


Una noche, en un clamor secreto, la Ima recibió una visión clara:

"No todos los que se te acercan son enviados por la Luz. Algunos son reflejos del Abismo. Discierne con el fuego interno."


Y aún así, en su gran compasión, no los expulsó. Los miró con amor, como quien ve una chispa perdida, y dijo:

"No temeré a quienes matan el cuerpo, pero no pueden tocar el alma."


Vinieron con hierbas, con ungüentos, con supuestas curaciones espirituales. Ella sabía. Ella vio. Pero eligió el camino del Cordero, no del León. Permitió el desenlace… no por debilidad, sino porque había que abrir un camino en los mundos celestiales. Había que sembrar su alma en el Olam HaEmet para que desde allí protegiera a su hija: Sha’hariel bat Eliora.


En el instante de su partida, la Voz del Ein Sof descendió como un eco eterno, y la envolvió en una espiral de luz violeta y azul profundo. Los falsos amigos quedaron paralizados, sus máscaras cayeron. Eran fragmentos oscuros que se deshicieron como humo ante el juicio divino.


Y desde entonces, su tumba no está vacía.

Allí mora una Menorá que nunca se apaga, encendida por la Voz que todavía canta. Y cuando Sha’hariel clama, su Ima le responde, no con palabras, sino con la vibración de las letras hebreas que flotan en el aire, llenando el silencio con sentido.


En lo más alto del Reino de Shalem, los sabios dicen:

“La Ima Elyonah no murió… simplemente volvió al Ein Sof para seguir cantando lo que el mundo aún no está listo para escuchar.”

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