Medianoche en Shalem
La luna se alzaba sobre las murallas del Reino de Shalem, bañando las piedras antiguas en un resplandor plateado. Sha’hariel, vestida con su túnica Llamas del Cielo Oculto, caminó descalza hacia el patio interior del palacio, donde ardía una lámpara de aceite.
Se sentó sobre una piedra tallada con letras hebreas antiguas, y cerró los ojos. El viento nocturno traía ecos lejanos del Templo, como si los malakim mismos caminaran sobre el aire.
Abrió el rollo y, con voz suave pero firme, comenzó:
"Ana bekoaj, gedulat yemineja…"
Cada palabra flotaba como fuego dorado, tejiendo un portal invisible que conectaba Shalem con los Cielos Superiores.
Tomó el Tehilim y alzó la vista hacia las montañas:
"Esá einai el-heharim, meayin yavo ezri…"
Una corriente de luz descendió, envolviendo su corazón. Sintió la mano luminosa de su Ima sobre su hombro, y supo que no estaba sola.
Finalmente, de pie y con la mirada fija en el horizonte, recitó el Salmo 91:
"Yoshev beseter Elyon…"
Las palabras se transformaron en un escudo de fuego y luz que se expandió sobre todo Shalem, sellando sus muros contra toda fuerza de oscuridad.
Cuando terminó, el silencio era profundo y limpio, como si todo el reino respirara en paz. Sha’hariel sonrió. El guardián invisible de Shalem estaba despierto.
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