La defensa imposible (pero divina) de Israel
Dicen los acusadores:
—“Israel es culpable”.
Y yo, con la ceja arqueada y un suspiro kabbalístico, respondo:
—¿Culpable de qué exactamente?.
¿De existir desde antes de que ustedes inventaran su calendario?.
¿De leer un librito llamado Torá mientras ustedes apenas aprendían a dibujar cabras en las cuevas?
Los acusadores insisten, agitando papeles llenos de tinta barata y slogans:
—“Israel oprime, Israel roba, Israel destruye”.
Ah, qué ternura… me recuerdan a los klipot, esas cáscaras vacías de la Kabbalah:
Hacen mucho ruido al quebrarse, pero por dentro no hay nada, solo aire rancio.
Yo sonrío y les digo:
—Queridos, acusar a Israel es como acusar al sol de dar luz.
Ustedes están ahí, chiquitos, con sus antorchas de papel, gritando “¡Apágate sol, que nos ofende tu brillo!”.
Los malakim de fuego, que observan el tribunal cósmico, no saben si llorar o morirse de risa. Porque en el Zóhar está escrito:
La luz nunca pide permiso para brillar, simplemente brilla. Y esa es la molestia: que Israel es luz.
Entonces, con sarcasmo digno de Elías en el Monte Carmelo, les digo:
—“¿Acaso su dios está dormido que tienen que acusar tanto?.
¿O está ocupado actualizando sus redes sociales?.
Mientras tanto, el Dios de Israel sostiene el mundo con tres letras: י-ה-ו.”
Risas en el cielo.
Vergüenza en la tierra.
Y yo cierro el alegato con humor kabbalístico:
—Miren, acusar a Israel es inútil.
Es como tratar de echarle mal de ojo a un Maguén David. Rebota.
Se les devuelve multiplicado. Porque al final, queridos, cada acusación no es un juicio contra Israel, sino un juicio contra ustedes mismos.
Así que, por favor, ahórrense el drama. Que los juicios ya están escritos en los cielos, y aquí abajo, Israel seguirá existiendo. Y brillando. Aunque les moleste.
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