Por qué Amo a Israel (versión cabalística con una pizca de humor) 🇮🇱
Amo a Israel no solo porque tiene más festividades que días laborales (¡gracias por tanto, Rabinos!), sino porque en cada rincón de su tierra se esconden las letras del Nombre Inefable.
¿Te has preguntado alguna vez por qué todo el mundo termina llorando en el Kotel?.
No es solo por la Shejiná… es porque uno siente que las piedras te hablan.
Algunas te dicen “reza”, otras “¡trae agua, por favor!”, pero todas tienen secretos que solo se revelan cuando el alma está en kavaná total… o después de dos cafés turcos y un paseo por Tsfat.
Israel es ese lugar donde el tiempo es relativo. Puedes estar atrapado 40 minutos en el tráfico de Tel Aviv y, sin embargo, sentir que estás en el desierto con Moshé esperando que la nube se levante.
¿Y qué es Tel Aviv sino la encarnación del Zohar diciendo:
“Luz que surge de la oscuridad”? ¡Clubes nocturnos y cafés veganos coexistiendo con sinagogas cabalísticas en la misma cuadra!
Jerusalén, en cambio, es el plexo solar del mundo. Te subes a un Egged y de pronto estás atravesando las 10 sefirot:
Jojmá: el conductor sabe todos los atajos.
Biná: la señora sentada al lado te explica por qué deberías casarte pronto.
Jesed: te ofrecen halvá aunque no la hayas pedido.
Gvurá: pero cuidado, porque si no dices “todá”, te miran como si hubieras roto las tablas.
Amo a Israel porque aquí, incluso los gatos callejeros parecen estudiantes de Kabbalah.
Te miran desde las piedras de la Ciudad Vieja con ojos que dicen: “yo estuve en Sodoma… y sobreviví”.
Y sí, hay conflictos, tensiones y desafíos. Pero eso es precisamente lo que hace a Israel tan... Israel.
Es como el Tzimtzum: el vacío que permite que la Luz Infinita entre.
Aquí, cada discusión política puede parecer un juicio cósmico entre Netzaj y Hod, pero al final, todos terminamos comiend
o hummus en la misma mesa, como si fuéramos los hijos del mismísimo Ari.
Amo a Israel porque es el único país donde puedes ver a alguien en sandalias, tzitzit, y hablando por celular con su broker de criptomonedas mientras lee un salmo. ¡Eso es Tikún Olam multitasking!
Y sobre todo, lo amo porque cuando camino por sus senderos, siento que cada paso activa una letra oculta de mi alma.
Que cada piedra recuerda a mis ancestros, y que incluso las cafeterías tienen algo de sagrado (especialmente las que sirven rugelaj con intención cabalística).
Así que sí. Amo a Israel.
Porque aquí la historia no se cuenta, se respira.
Porque la luz no solo brilla… se oculta para que la busques.
Y porque si el universo fuera un cuerpo, Israel sería el corazón latiendo con los secretos del Ein Sof...
con wifi limitado, pero con conexión celestial de altísima frecuencia.
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