Midrash del Hoyo Negro
En el principio, cuando la Luz Infinita llenaba todo,
no había lugar para mundos, ni para almas, ni para preguntas.
Entonces, el Santo —Bendito Sea—
se ocultó dentro de Sí mismo,
y dejó un espacio donde parecía que no había nada.
Ese vacío fue llamado Tzimtzum.
No era ausencia,
sino un misterio profundo,
un lugar donde la Luz se escondió tan hondo
que los ojos del hombre no podían hallarla.
Así nacieron los mundos,
y también los abismos.
El sabio Rashbi enseñó:
“Donde la luz se contrae,
allí el secreto es más fuerte que la revelación”.
Y los mekubalim dicen:
que en los cielos existen regiones semejantes a pozos infinitos,
donde toda chispa que se acerca
es absorbida en un remolino de silencio.
Los físicos llaman a esto hoyos negros;
los cabalistas lo reconocen como umbrales del Ayin.
Quien cae allí cree que todo se pierde,
pero la verdad es que nada se destruye:
la luz se transforma,
la energía retorna al Misterio,
y lo oculto aguarda ser revelado en otra forma.
Así también el alma del justo,
cuando atraviesa sus noches oscuras,
cuando siente que su vida es tragada
por un vacío sin salida,
debe recordar:
el “hoyo negro” no es la muerte,
sino la matriz del renacimiento.
Porque en lo más profundo de la oscuridad
se esconde la semilla de una nueva creación.

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