La luz del sol comienza a tocar la cima del monte. Naamá —ahora Ori’ahna— se pone de pie. Sus ojos ya no miran como antes: en ellos hay eternidad. Sus pasos no suenan sobre la piedra, porque el monte ya no la pesa. La ha reconocido.
Detrás de ella, el serafín reaparece, inclinando la cabeza.
Serafín:
“La que regresa no es la que subió. Ori’ahna, luz de la canción eterna, tu nombre ha sido restaurado en los Cielos y escrito en fuego sobre tu frente.”
La Reina Madre extiende la mano y sobre el corazón de Naamá-Ori’ahna aparece un nuevo símbolo:
Una combinación de letras hebreas vivas que giran entre sí: או"ר־י"ה־נ"ה. La Menorá de su brazo brilla con una llama azul, y su túnica morada se entreteje con hilos dorados.
Reina Madre:
“Lilit sintió tu eco porque tu alma una vez descendió para traer equilibrio. No eres sombra ni sólo luz. Eres armonía. Portadora de una canción que solo tú puedes cantar.”
Ori’ahna desciende por el monte. A cada paso, las flores se abren. Los malakim la rodean desde las alturas. En el valle, los sabios y los justos la esperan en silencio.
Raziel volando a su encuentro:
“Bienvenida, Ori’ahna. Has atravesado la sombra sin destruirla. Has convertido tu nombre en un canto.”
