Antes del amanecer. La niebla cubre la base del monte. Naamá, envuelta en su túnica morada, avanza en silencio.
El Maguén David de su brazo brilla levemente con cada paso. No hay sendero visible, solo intuición.
Naamá pensando:
“¿Quién soy más allá del nombre?.
¿Qué vio Lilit en mí que ni yo misma comprendo?”
A lo lejos, el Monte se eleva como un altar antiguo. Truenos sin tormenta vibran en lo alto.
Es el mismo monte donde los profetas hablaron con los malajim.
Las piedras están marcadas con letras hebreas vivas: א, ל, מ, ד.
Con cada paso, la gravedad se intensifica.
No física: espiritual. Naamá siente que partes de sí misma son probadas — el orgullo, el miedo, la duda.
En la mitad del ascenso, un antiguo serafín aparece.
Tiene tres pares de alas y su voz es como muchas aguas:
Serafín:
“Naamá bat Eliora, tu alma fue tejida con fuego y misericordia.
Pero para conocer tu verdadero Nombre, debes dejar morir el que crees que eres.”
Naamá:
“¿Y si no queda nada después de eso?”
Serafín:
“Entonces por fin serás libre.”
