Un espacio celestial entre mundos, cubierto de columnas de luz. Naamá camina descalza sobre un suelo transparente como cristal, con su túnica morada ondeando suavemente.
Naamá bat Eliora fué llevada por el malaj Raziel al Salón de las Almas Rutilantes, donde las almas en tránsito esperan su tikun. Allí, cada alma flota dentro de una vasija de barro suspendida en el aire, algunas enteras, otras con grietas que brillan como fuego líquido.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Naamá con reverencia.
Raziel extendió su mano, y una vasija agrietada descendió lentamente. En su interior, flotaba una chispa dorada.
—Cada vasija es una vida, —dijo el malaj—, y cada grieta, una oportunidad de revelar luz. La perfección no se encuentra en la forma intacta, sino en el alma que elige reparar.
Naamá tocó la vasija. En un instante, fue transportada a una visión: vio a una mujer de otra época, que cometía un error grave por miedo. Luego vio esa misma alma, generaciones después, encarnada en una joven curando a otros por compasión.
Lágrimas brotaron de sus ojos. No eran de tristeza, sino de entendimiento profundo.
—Entonces… lo que creemos “karma” no es castigo, sino memoria sagrada, —dijo Naamá.
Raziel asintió. —Y tú, hija de Eliora, llevas en tu alma grietas antiguas. Pero también llevas la luz del tikun. Cada acto tuyo puede reparar los mundos.
Naamá colocó su mano sobre su propio corazón, donde brillaba el Maguen David tatuado. Sintió cómo las letras hebreas de su nombre se encendían. Sabía ahora que su lucha no era solo contra hechiceros, sino contra la oscuridad del olvido del alma.
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