Los embajadores del Reino de Damar —con túnicas negras y ojos fríos— entran con arrogancia. Uno de ellos, con voz cargada de veneno, proclama:
Embajador:
"Shalem es una plaga vestida de santidad. Sois hechiceros disfrazados de profetas, y vuestro pueblo… un error que la historia corregirá."
El salón guarda silencio.
Sha’hariel se pone de pie desde su trono de madera y zafiro. Su túnica púrpura ondea con un viento que no viene de este mundo. El Maguén David en su brazo brilla.
Ella desciende un solo escalón y dice, con calma y una media sonrisa:
Sha’hariel:
"Qué poético. Nos llaman plaga… y aun así, siguen temblando cada vez que nos acercamos."
"Decid a vuestro rey que sus palabras son viento… y en Shalem, el viento se purifica o se disuelve."
"¿Hechiceros, dijiste? He aquí mi hechizo: cada maldición que lanzáis sobre nosotros… se convierte en bendición escrita en fuego por el Eterno."
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