Sha’hariel
En la llanura de Or Ein Sof, donde la luz no tiene fin y los secretos del alma se dibujan en el firmamento como letras hebreas flotantes, Sha’hariel fue llamada.
Venía del Reino de Shalem, pero no caminaba por el mundo físico.
Su alma había ascendido en el silencio de la tefilá, llevada por los suspiros invisibles que solo Hashem escucha.
Mientras caminaba por ese mundo suspendido entre mundos, sintió una grieta en el aire.
Y entonces, la vio:
una serpiente negra, colosal, que se enroscaba entre dimensiones.
No erá de carne ni de escamas, sino de mentiras cristalizadas, culpas antiguas y voces olvidadas.
La serpiente habló sin boca:
> “Tu canto no tiene fuerza.
Tu Dios está lejos.
Estás sola.”
Sha’hariel se detuvo.
No con temor, sino con certeza.
Sus dedos se cerraron sobre su brazo, donde el fuego del Nombre sagrado אֵלְעַד ardía como una estrella.
Ella susurró:
> “רִבּוֹנוֹ שֶׁל עוֹלָם — Si esto es una prueba,
entonces haz que el veneno se vuelva luz.”
Y el cielo tembló.
Cinco columnas de fuego cayeron como relámpagos, y de ellas surgieron los malajim protectores del Trono:
Mijael, con su espada azul que rompía sombras.
Gabriel, con su escudo de oro que repelía acusaciones.
Uriel, con un libro que revelaba la raíz del mal.
Rafael, que curaba con el solo gesto de sus manos.
Raziel, que portaba el Sefer HaRazim y la sabiduría de lo que aún no ha sido dicho.
Sha’hariel no ordenó.
Solo miró a la serpiente con compasión feroz, como quien ve no un enemigo, sino un mensaje.
Dijo en voz clara:
> “Gam zu letová — Esto también es para bien.”
La serpiente chilló, se quebró y comenzó a mutar.
Su piel de sombra se desgarró, y de su interior brotó un dragón blanco, pequeño, tembloroso, con ojos que no conocían la luz.
Sha’hariel se inclinó, lo acarició con la mano que llevaba el Maguen David.
> “Ya no eres prueba.
Eres parte de mi ascenso.”
Los malajim cantaron.
Y las letras hebreas en el cielo formaron un nuevo nombre:
שחריאל בת אליורה — Sha’hariel bat Eliora,
la que transforma la oscuridad con verdad.
Escrito por Ines Tiferet S. Levy
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