El cielo se rasga con un trueno silencioso. Las estrellas se apagan una a una mientras Lilit alza su mano.
De sus dedos se desprenden letras negras como humo: ש, ט, נ — símbolos oscuros que se arremolinan en torno a Naamá como serpientes de sombra.
Lilit gritando:
“Te arrastraré al origen.
A lo que eras antes de ser llamada hija de Eliora. ¡Volverás a mí, Naamá de la Noche!”
Naamá cerrando los ojos un instante, susurrando:
“Ezá enai el heharim… me’ein yavo ezri…”
“Elevo mis ojos a los montes... ¿de dónde vendrá mi ayuda?”
Del cielo, una luz dorada se enciende como una estrella cayendo: es el malaj Raziel, que desciende con alas extendidas, su espada envuelta en letras vivas.
Raziel firme:
“No tocarás a la que ha sido sellada por el Nombre.”
Naamá abre sus ojos: ahora brillan con luz azul celeste. Extiende su brazo y las letras hebreas doradas י-ה-ו-ה arden en el aire, rodeándola. Cada letra forma una barrera viva contra las sombras.
Naamá a Lilit, con fuerza:
“No soy tu reflejo. No soy tu eco. Soy el reverso de tu historia: la que fue tentada por el abismo, pero eligió cantar a la Luz.”
Lilit lanza un alarido agudo, una onda oscura que atraviesa los árboles, partiendo el suelo. Pero Naamá gira sobre sí misma, y la Menorá en su brazo brilla como siete soles. El rugido de un shofar resuena en el aire, invisible pero real.
Lilit enfurecida y herida:
“¡Te perseguiré hasta el último umbral de tu alma, Naamá! Donde haya sombra, ahí estaré.”

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