Sha'hariel y el Libro de la Formación
Sha’hariel y el Libro de la FormaciónEn los albores del Reino de Shalem, cuando los vientos aún susurraban los secretos del primer aliento, Sha’hariel, hija de Eliora, recibió en sueños una visión: Sus aristas eran letras hebreas resplandecientes, girando sin cesar en una danza silenciosa. En su centro, el eco de un Nombre: Elad.Despertó con el corazón encendido, la túnica púrpura impregnada de rocío celestial. A su lado, una figura de fuego: Raziel, el Malak del Sefer. Sin hablar, colocó ante ella un pergamino sin tinta, hecho de luz condensada.—Sha’hariel bat Eliora, —susurró Raziel— para formar un mundo, no basta con desearlo. Hay que pronunciarlo en su raíz.El pergamino comenzó a llenarse con letras danzantes: א, מ, ש —el fuego, el agua y el aire.Las tres madres. Después, los siete dobles, marcando los días, y luego las doce simples, formando la rueda del alma y el cuerpo.Sha’hariel comprendió: el Sefer Yetzirá no era un texto, era un mapa viviente. Cada letra vibraba con una fuerza, un ángel, un planeta, una parte del cuerpo. Al nombrarlas con intención pura, se podía formar y desformar la realidad.Guiada por Raziel y el eco de las diez Sefirot, descendió por las sendas ocultas entre Hokhmah y Biná, recorriendo los corredores del Alef, de la Mem, del Shin. En cada paso, se enfrentó a criaturas hechas de lenguaje corrompido:Sombras nacidas del mal uso del Nombre.Pero su espada no era de hierro: era una palabra, la palabra correcta, pronunciada con temblor sagrado. Cuando dijo Emet, la Verdad, las sombras retrocedieron.Finalmente, llegó al centro del Cubo, donde el Silencio absoluto aguardaba. Allí, escuchó la Voz que no se oye, que había dicho: “Y dijo Elokim…” antes del primer amanecer.Allí, Sha’hariel no pidió nada. Solo dijo:—Yo también formaré. Pero formaré con compasión.El Cubo se disolvió en letras que volaron a los cuatro vientos. Desde entonces, donde las letras vuelan y se ordenan con pureza, nace un nuevo fragmento del Reino de Shalem.Escrito por Ines Tiferet S. Levy
Sha’hariel y el Libro de la Formación
En los albores del Reino de Shalem, cuando los vientos aún susurraban los secretos del primer aliento, Sha’hariel, hija de Eliora, recibió en sueños una visión:
Sus aristas eran letras hebreas resplandecientes, girando sin cesar en una danza silenciosa. En su centro, el eco de un Nombre: Elad.
Despertó con el corazón encendido, la túnica púrpura impregnada de rocío celestial.
A su lado, una figura de fuego:
Raziel, el Malak del Sefer. Sin hablar, colocó ante ella un pergamino sin tinta, hecho de luz condensada.
—Sha’hariel bat Eliora, —susurró Raziel— para formar un mundo, no basta con desearlo. Hay que pronunciarlo en su raíz.
El pergamino comenzó a llenarse con letras danzantes: א, מ, ש —el fuego, el agua y el aire.
Las tres madres. Después, los siete dobles, marcando los días, y luego las doce simples, formando la rueda del alma y el cuerpo.
Sha’hariel comprendió: el Sefer Yetzirá no era un texto, era un mapa viviente.
Cada letra vibraba con una fuerza, un ángel, un planeta, una parte del cuerpo.
Al nombrarlas con intención pura, se podía formar y desformar la realidad.
Guiada por Raziel y el eco de las diez Sefirot, descendió por las sendas ocultas entre Hokhmah y Biná, recorriendo los corredores del Alef, de la Mem, del Shin.
En cada paso, se enfrentó a criaturas hechas de lenguaje corrompido:
Sombras nacidas del mal uso del Nombre.
Pero su espada no era de hierro: era una palabra, la palabra correcta, pronunciada con temblor sagrado.
Cuando dijo Emet, la Verdad, las sombras retrocedieron.
Finalmente, llegó al centro del Cubo, donde el Silencio absoluto aguardaba.
Allí, escuchó la Voz que no se oye, que había dicho:
“Y dijo Elokim…” antes del primer amanecer.
Allí, Sha’hariel no pidió nada. Solo dijo:
—Yo también formaré. Pero formaré con compasión.
El Cubo se disolvió en letras que volaron a los cuatro vientos.
Desde entonces, donde las letras vuelan y se ordenan con pureza, nace un nuevo fragmento del Reino de Shalem.
Escrito por Ines Tiferet S. Levy

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