lunes, 7 de julio de 2025

Sha’hariel y el eco del tiempo perdido


 



Sha'hariel y el eco del tiempo perdido

La luna no brillaba esa noche en Shalem. Solo las estrellas parpadeaban, como si recordaran algo que los humanos habían olvidado.


Sha'hariel, vestida con su túnica púrpura bordada con letras de fuego, ascendió sola hacia la cima del monte Ezión.

En sus manos, un antiguo pergamino con la inscripción del Número sagrado אהיה אשר אהיה (Ehyeh Asher Ehyeh – “Seré lo que seré”).

Ese número no sólo invocaba el futuro, sino también el pasado no redimido.

Al llegar al círculo de piedras, encendió una vela. No una vela común.

Era la llama del alma de su madre, transmitida de generación en generación.

Sha'hariel la había guardado desde niña sin entender por qué... hasta ahora.
Se arrodilló. Cerró los ojos.

“Abba Kadosh… permíteme reparar no lo que hice… sino lo que no hice”.

Una lágrima cayó sobre la tierra. Pero no fué tristeza.

Fué teshuvá me ahavá —uno retorno desde el amor profundo, no la culpa.
De pronto, el aire se volvió denso. Una figura hecha de fuego suave descendió:

El malak Elad, protector de los caminos ocultos del alma.
—Has cruzado el umbral de Zeman Nistar —susurró él—. Aquí, las acciones no se deshacen… se elevan.

El tiempo se desplegó como un pergamino abierto ante sus ojos: allí estaba ella, años atrás, en un crucigrama.

Una palabra que no dijo. Un silencio que causó dolor. Un instante de debilidad.

Pero ahora, desde el presente, Sha'hariel emitió una nueva vibración, una nueva luz. No retrocedió físicamente.

Elevó el instante antiguo como la fuerza de su conciencia expandida.

El evento no desapareció. Pero su energía cambió.
Del juicio… a la misericordia. Del dolor… al propósito.

Entonces, el cielo tembló levemente. Una estrella fugaz cruzó el firmamento.

Y el alma de Sha'hariel sintió paz por primera vez en años.
—Lo que fue, sigue siendo… pero ya no pesa —dijo Elad—.

Escrito por Ines Tiferet S. Levy

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