Sha’hariel y la Luz de los Pueblos
nspirado en Tehilim 67
La noche se había extendido sobre el Reino de Shalem como un manto de sombra y silencio.
Sha'hariel, cubierta con su túnica púrpura que danzaba con el viento del desierto, se detuvo en lo alto de la colina de Zafón. Frente a ella, una fogata solitaria ardía suavemente, y desde sus brasas ascendían letras hebreas como humo viviente: יָאֵרי אֵלֶינוּ — “Que ilumine Su rostro sobre nosotros…”
El rollo del Tehilim reposaba abierto a sus pies. No era pergamino, sino un tejido de luz.
Alrededor de ellos, las montañas proyectaban sombras ensanchadas.
Sha'hariel cerró los ojos y susurró:
> "Conozcan los pueblos Tu camino, todas las naciones Tu salvación…"
Y entonces, el cielo empezó a responder.
Gotas de luz —no agua, no fuego, no estrella— descendían suavemente desde el firmamento, como si el Ein Sof, el Infinito, llorase alegría pura.
Cada gota que tocaba la arena encendía una nueva letra. Pronto, el desierto entero se convirtió en un salmo viviente.
Sha'hariel alzó la vista hacia la luna, que ahora irradiaba siete fas de luz. Su expresión era serena, pero en sus ojos vivían la ironía de los siglos, la sabiduría de muchas guerras sagradas, y el cansancio dulce de quien carga misterios demasiado grandes para la carne.
Una voz —quizá la de Metatrón, o la de su propio corazón— dijo:
> “La tierra dará su fruto, y bendecirá a Elokim a todos.”
Y entonces supo que su soledad no era olvido, sino preparación.
Que su oración no era para ella sola, sino para los pueblos.
Que su voz no se apagaba en el viento, sino que lo ungía.
Y allí quedó, de pie, como haro en la noche.
Esperando que la humanidad respondiera al salmo que ya cantaba toda la creación.
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