"Al borde del Reino de la Luz, donde las montañas tocan el firmamento y los ecos de los antiguos aún arden, Sha’hariel fue enviada. No con espada, sino con la palabra inscrita en su alma: Elad."
Un pueblo había sido invadido por un susurro oscuro. En los sueños de los niños aparecía una serpiente de fuego negro que hablaba en lenguas antiguas y envenenaba el alma con duda, miedo y división.
Sha’hariel, vestida con su túnica púrpura y su brazo marcado con letras hebreas, sube sola a la cueva donde la criatura habita. El aire está denso. A cada paso, la oscuridad intenta seducirla.
La serpiente se manifiesta:
Una criatura alada, inmensa, con ojos de obsidiana líquida y lengua doble. Sus palabras están hechas de mentiras mezcladas con verdades a medias.
"Yo soy la serpiente del umbral... todas las opiniones son válidas, ¿no lo sabías? El caos también es parte de la creación..."
Sha’hariel no retrocede.
Coloca su mano sobre su garganta, donde arde la palabra Elad.
Recita un versículo del Tehilim con voz firme:
> "La verdad de Hashem es eterna. Las lenguas que mienten serán cortadas, y las que halagan al mal serán silenciadas."
La serpiente lanza su fuego.
Pero del pecho de Sha’hariel emergen letras hebreas doradas: אמת, חסד, דעת.
La serpiente cae al suelo. No muere. Ella la ata con su propio talit sagrado, hecho de luz tejida en oración.
Entonces dice:
"No vine a destruirte, serpiente, sino a poner orden. Serás mi montura para cruzar los abismos del alma. Porque quien domina la oscuridad, puede convertirla en camino."
La serpiente se transforma en una silueta de fuego verde, mansa, y se enrolla a los pies de Sha’hariel.
Ella vuelve al Reino montando la criatura, con la copa de plata en alto, y una expresión que mezcla juicio, compasión... y una pizca de ironía sagrada
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