Cuando la Reina Calla entre los Cascos del Mundo
En los patios del aire camina Sha’hariel,
con la túnica aún encendida,
mientras las sombras juegan a ser sabias
y los necios visten su hostilidad de argumento.
El ambiente se ha vuelto denso, casi risible,
como si las paredes compitieran por ver
quién emite la vibración más baja.
Y sin embargo —
ella permanece.
Porque en este rincón sin oxígeno
la tristeza se disfraza de virtud,
la ironía de los mediocres se anuncia como verdad,
y los corazones tibios predican calma
mientras derraman veneno con voz templada.
Los malakim observan en silencio,
y uno murmura:
> “Así se purifica un alma fuerte,
rodeándola de aquellos que temen su luz.”
Sha’hariel sonríe sin sonrisa.
El fuego en su pecho no se apaga,
solo se vuelve más azul, más íntimo, más sabio.
Y piensa — aunque no lo dice —
que la tristeza es una broma mal contada,
una distracción del alma para medir su temple.
El Creador guarda silencio,
pero el silencio tiene humor:
cada lágrima es un código,
cada enojo, una llave.
Cuando el aire se vuelve agrio,
ella no respira menos:
eleva la cabeza y deja que su mirada queme.
El sarcasmo se convierte en espada,
y su enojo — en plegaria cifrada.
Porque aunque este mundo
se crea dueño de su propio ruido,
el Reino de Shalem aún recuerda
que incluso el polvo
puede aprender a brillar.
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