Los Prismas Rotos de Hod”
La mañana siguiente llegó sin canto de aves.
Shalem estaba demasiado quieta, como si la ciudad hubiera cerrado los ojos para no ver lo que respiraba en sus fronteras.
Sha’hariel recorrió los pasillos del palacio con la sensación de que algo nuevo —algo ajeno— se había infiltrado durante la noche.
Y tenía razón.
En la Sala de los Sabios, donde reposaban los artefactos más antiguos, encontró un objeto que no pertenecía a Shalem.
Sobre la mesa, iluminado por un rayo tímido de luz, había un pequeño prisma de cristal.
Traslúcido.
Pulido.
Bellamente inútil.
Excepto por una cosa:
Estaba roto por dentro.
No se veía ninguna grieta exterior, pero el interior del prisma era un estallido de líneas fracturadas, como si una estrella hubiera explotado atrapada en él.
Pequeñas chispas lilas y doradas circulaban entre los fragmentos como si buscaran salida.
Sha’hariel lo tocó.
Un dolor seco le subió por el brazo, como si se hubiese quemado con frío.
—Esto… no es nuestro —murmuró.
Una nota, escrita con tinta plateada, descansaba junto al cristal.
La tomó.
Las letras parecían moverse, respirando.
“El conocimiento también puede ser una grieta.
Tómalo si deseas ver lo que hay detrás.”
No había firma.
Pero la intención se reconocía como perfume.
Semijasa.
Sha’hariel guardó el prisma entre los dedos.
La energía era familiar: no de este mundo, pero proveniente del reino de Hod, la esfera del intelecto puro… cuando se rompe.
Y entonces oyó un susurro —no en la sala, sino en su mente—:
“Míralo bajo la luna.”
El mensaje no era verbal: era una invitación.
Un empujón.
Una tentación.
Esa misma tarde, mientras el sol descendía detrás de los acantilados, varios habitantes de Shalem comenzaron a reportar hallazgos similares: pequeños prismas, rotos por dentro, apareciendo en templos, jardines, incluso en cunas vacías.
Todos idénticos.
Todos pulsando con la misma luz enferma.
Semijasa no atacaba con espadas.
Ni con maldiciones.
Sembraba ideas.
Grietas.
Dudas.
Y Shalem, sin saberlo aún, estaba empezando a pensar cosas que nunca había pensado antes.
Sha’hariel salió al balcón del palacio con el prisma en la mano.
La luna surgía lenta y redonda, como un ojo que lo veía todo.
—Si esto es un mensaje —susurró—, no lo leeré sola.
Las letras del Nombre en su pecho brillaron en un tono dorado-rojizo, como si estuvieran preparando una defensa.
O una revelación.
Detrás del horizonte, el mar volvió a latir.
Y Sha’hariel sintió que tanto Semijasa como Tanninit avanzaban…
pero no hacia ella.
Hacia Shalem.
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