“La Costa que Respira” (II)
La mañana llegó sin amanecer.
El horizonte de Shalem estaba cubierto por una neblina azulada que no pertenecía al mundo. Era una quietud extraña, como si el mar estuviera conteniendo un secreto demasiado grande para decirlo en voz alta.
Sha’hariel descendió hacia la costa, donde los acantilados formaban un arco natural. Su túnica Llamas del Cielo Oculto vibraba con un pulso leve, advirtiéndole que algo la observaba desde debajo de las aguas.
No había viento.
No había olas.
Solo un silencio vivo.
Se arrodilló en la arena húmeda y posó la mano sobre el suelo. La tierra, que solía ser firme, latió bajo sus dedos. Un latido lento, profundo… monstruoso.
—No debería moverse —murmuró.
El mar exhaló.
Fue apenas perceptible: una respiración enorme y antigua, como si una garganta colosal suspirara desde el fondo de los abismos. La superficie se arqueó un instante, elevándose en una curva imposible, como si la costa estuviera siendo empujada desde abajo.
Sha’hariel sintió que algo enorme pasaba bajo sus pies.
Una sombra.
Un cuerpo que no tenía forma definida… o tal vez tenía demasiadas.
Las letras hebreas de su pecho brillaron por un segundo, alertas.
Un sonido grave, casi un rugido ahogado, vibró en la arena.
No era el mar.
Era algo dentro del mar.
—Tú… —susurró ella, retrocediendo un paso—.
No eres una criatura.
Eres una intención.
En ese instante, un fragmento de agua se abrió como un ojo. No un ojo humano, ni animal: un ojo hecho de corriente, espuma y oscuridad.
Y desde ese ojo, una voz profunda habló sin palabras, solo con sensación:
“Tehom… se agita.”
El agua volvió a cerrarse, pero el pulso del fondo siguió latiendo.
Sha’hariel entendió entonces que lo que respiraba bajo la costa no era una bestia.
Era Tanninit, el caos antiguo…
despertando.
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