La ciudad se disuelve en sombras y luces que no terminan de decidir su forma.
Sha’hariel camina sola, túnica dorada y negra ondeando,
el Maguén David brillando en su brazo como un faro que nadie mira.
A su alrededor, las miradas humanas se fragmentan en mil cristales:
algunas cálidas, otras frías, todas contradictorias.
Parecen pequeños malakim de confusión,
volando con gestos ambiguos y risas que duelen.
Sobre ella, los sefirot se despliegan en geometría perfecta:
Keter observa con paciencia infinita,
Jojmá murmura ironías que solo su corazón entiende,
y Biná le guiña un ojo, burlona, mientras la angustia crece.
Sha’hariel sonríe con sarcasmo,
como si cada pensamiento oscuro fuera un chiste cósmico:
“¿Soledad? ¡Claro! ¡Es la mejor compañía para un alma avanzada!”
Entre fuego sutil y letras flotantes en hebreo,
la tristeza danza a su alrededor, curiosa y juguetona,
mostrándole que incluso el desconcierto puede tener ritmo.
Y aun así… ella avanza, con pasos firmes,
porque sabe que en cada sombra hay un secreto,
en cada mirada ambivalente un espejo,
y en cada ironía del alma, la chispa que hará brillar lo invisible.
No hay comentarios:
Publicar un comentario