lunes, 3 de noviembre de 2025

Reflexiones


 La ciudad se disuelve en sombras y luces que no terminan de decidir su forma.

Sha’hariel camina sola, túnica dorada y negra ondeando,

el Maguén David brillando en su brazo como un faro que nadie mira.


A su alrededor, las miradas humanas se fragmentan en mil cristales:

algunas cálidas, otras frías, todas contradictorias.

Parecen pequeños malakim de confusión,

volando con gestos ambiguos y risas que duelen.


Sobre ella, los sefirot se despliegan en geometría perfecta:

Keter observa con paciencia infinita,

Jojmá murmura ironías que solo su corazón entiende,

y Biná le guiña un ojo, burlona, mientras la angustia crece.


Sha’hariel sonríe con sarcasmo,

como si cada pensamiento oscuro fuera un chiste cósmico:

“¿Soledad? ¡Claro! ¡Es la mejor compañía para un alma avanzada!”

Entre fuego sutil y letras flotantes en hebreo,

la tristeza danza a su alrededor, curiosa y juguetona,

mostrándole que incluso el desconcierto puede tener ritmo.


Y aun así… ella avanza, con pasos firmes,

porque sabe que en cada sombra hay un secreto,

en cada mirada ambivalente un espejo,

y en cada ironía del alma, la chispa que hará brillar lo invisible.

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