“El Juramento que No Debe Tomarse” (III)
La noche cayó demasiado rápido sobre Shalem, como si alguien hubiera soplado la luz fuera del cielo.
Sha’hariel regresaba del santuario cuando un murmullo familiar se deslizó entre las columnas: no era viento, ni eco… era intención.
Las letras del Nombre en su pecho palidecieron un instante, como si estuvieran escuchando algo prohibido.
—Sha’hariel.
La voz surgió detrás de ella, pero también encima, y también adentro.
Semijasa no caminó hacia ella: apareció, plegando la realidad como si fuera un paño húmedo.
El ángel caído se materializó envuelto en una luz gris-metal, con los ojos cubiertos por un velo translúcido hecho de inscripciones antiguas. Cuando habló, las letras se movieron sobre el velo como gusanos de luz.
—Vi lo que viste en la costa —dijo, acercándose sin sombra—.
Tanninit se ha despertado.
Y tú… estás sola frente a él.
Sha’hariel apretó el puño sobre su pecho.
—Nadie puede enfrentar al caos primigenio sola —continuó Semijasa, inclinando la cabeza con una suavidad casi humana—.
Pero yo puedo darte el Nombre que te falta.
El Nombre que te permitiría cerrar la boca del abismo.
Extendió la mano.
En su palma apareció un signo luminoso, incompleto, como una letra rota.
Aun así, el poder que emanaba de aquella pieza era real.
Peligrosamente real.
La tentación se sintió como una ola cálida en la espalda de Sha’hariel.
Una solución.
Un camino rápido.
Un alivio para el temor que aún vibraba en su vientre desde la visión de la costa.
—Solo necesitas pronunciar el juramento —susurró Semijasa—.
Una sola frase.
Una sola aceptación.
Y Shalem estará protegida.
El aire a su alrededor se tensó.
Los pilares del santuario emitieron un leve chasquido, como si sintieran la falsedad escondida dentro de aquella oferta.
Sha’hariel dio un paso atrás.
—El poder que no viene del Creador —dijo en voz baja— siempre exige más de lo que da.
Semijasa sonrió.
Una sonrisa perfecta y vacía.
—Todos los poderes vienen del Creador —corrigió, suave como veneno—.
La diferencia es quién se atreve a tomarlos.
El signo en su palma brilló con fuerza cegadora.
Sha’hariel sostuvo la mirada del ser caído.
Por un instante, la duda la tocó.
La insuficiencia.
El miedo.
El deseo de salvar a su gente, sin importar el precio.
Semijasa dio un paso más, acercando la mano.
—Di mi nombre —susurró—.
Y yo te daré el tuyo completo.
La noche contuvo el aliento.
Pero Sha’hariel no respondió.
Y en ese silencio tenso, algo profundo —en el mar, en la tierra, en el cielo— volvió a latir.
Como si el propio Tanninit esperara la respuesta
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