“El Aleteo en las Profundidades”
El temblor comenzó de madrugada, antes de que el cielo definiera sus colores.
Shalem se estremeció como si una criatura gigantesca hubiera girado en sueños bajo sus cimientos.
Los animales guardaron silencio.
Los pozos respiraron.
Hasta las piedras parecían latir.
Sha’hariel salió al patio superior del palacio con la sensación de que el mundo se estaba aflojando, como si un hilo invisible hubiese sido tirado desde lo más hondo del mar.
El cielo aún estaba negro cuando lo oyó:
un aleteo.
Pero no era un aleteo de alas.
Era el sonido del agua intentando tomar forma.
Un batir pesado, espeso, como si algo inmenso tratara de abrir espacio dentro de un elemento que ya no podía contenerlo.
El océano frente a Shalem se erizó.
Durante un instante, la superficie se alzó en una curva imposible, como una montaña líquida que tratara de levantarse en dos patas.
Luego colapsó con un rugido gutural, tan profundo que la arena tembló como si quisiera levantarse y huir.
Sha’hariel sintió la vibración en la garganta.
Era un zumbido primigenio, previo al lenguaje, anterior incluso al aliento.
Se acercó al borde del acantilado.
Abajo, el mar se partió.
No en dos, sino en muchos.
Como si capas de agua giraran en direcciones opuestas, revelando un hueco oscuro que no tenía fondo.
Y entonces lo vio.
No el cuerpo.
No la forma.
Solo un gesto.
Algo enorme se retorció debajo.
Un pliegue titánico de sombra líquida, como la insinuación de un ala o un aletazo que nunca debió existir en un mar.
El estruendo del movimiento sacudió la costa.
El aire se calentó y luego se enfrió bruscamente, como si la presencia de Tanninit alterara las leyes mismas del mundo.
Las letras del Nombre en el pecho de Sha’hariel ardieron en rojo cobre.
Advertencia.
Rechazo.
Dolor.
Un remolino gigantesco emergió, formando un túnel que parecía tragar la luz del amanecer.
Desde el interior del remolino, una voz inmensa habló sin sonido:
“Sha’hariel…”
La llamó.
No como enemiga.
Ni como aliada.
Sino como parte.
Como si algo en ella perteneciera a ese abismo.
La fuerza del remolino la empujó hacia atrás.
Por un instante, sintió que su alma era tirada hacia el fondo, atraída por un reconocimiento antiguo.
Y entonces, desde muy arriba, una segunda voz descendió como un cuchillo:
—No lo escuches.
Semijasa apareció en lo alto del acantilado, su silueta recortada en el borde entre luz y sombra.
—No respondas —ordenó con una calma peligrosa—.
El caos reconoce a los que pueden destruirlo.
Y también a los que pueden liberarlo.
El mar rugió como si quisiera devorar cielo y tierra.
Sha’hariel miró a Semijasa…
y luego al abismo que la pronunciaba por su nombre.
El capítulo terminó allí:
con ella sostenida entre dos voces que no podían —no debían— coexistir.
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